Por Julio César Clavijo Sierra
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En este artículo se presentan los conceptos cristológicos claves, expresados por el apóstol Juan en sus escritos bíblicos; a saber en su versión del Evangelio, en sus tres Cartas Universales, y en el libro del Apocalipsis.

Dios es Espíritu

La declaración de Jesús en Juan 4:24, significa que todo lo que digamos acerca de Dios, debe relacionarse con su naturaleza, con que Él es Espíritu. Solo hay un único Dios que es el Padre (Jn. 5:44, 17:1-3), quien se sienta sobre un único trono (Ap. 4:2, 7:15, 14:5, 19:4, 21:5). Cuando Jesús declaró que Dios es Espíritu, lo dijo dentro del contexto donde se habla de que el Padre busca verdaderos adoradores que lo adoren en espíritu y en verdad (Jn. 4:23). Por tanto, el Padre es ese único Espíritu que debe ser adorado.

El Logos / La Palabra

La Palabra de Dios es la fuente que proporciona luz, revelación, testimonio y conocimiento de Dios (Ap. 1:5, 3:14).

Juan 1:1 dice que en el principio era la Palabra, porque desde antes de la creación del mundo Dios ya tenía preparado un plan para revelar a su debido tiempo a la humanidad. La Palabra estaba con Dios, porque era la Palabra que pertenecía a Dios y estaba en su mente. Dios era esa Palabra, porque en el plan de Dios estaba determinado que Él mismo y no otro vendría a salvar al hombre manifestado en carne.

En ese sentido, en el plan de Dios, en la presciencia de Dios: (a) El Cordero fue inmolado desde el principio del mundo (Ap. 13:8), (b) Cristo el Hijo fue el principio de la creación de Dios (3:14), y (c) la gloria del Hijo fue preparada desde antes de la fundación del mundo (Juan 17:5).

El Hijo es la Palabra hecha carne que habitó (lit. acampó, puso tienda o tabernáculo) entre nosotros, dando a conocer al invisible y único Dios verdadero, el Padre. (Jn. 1:1, 1:14-18, 5:44, 17:3; 1. Jn. 4:12). Jesús es el templo o tabernáculo de Dios el Padre con los hombres (Jn. 2:16-21, 8:29, 14:10; Ap. 21:3, 21:22-23). Jesús es la Palabra de vida manifestada (1. Jn. 1:1-2), pero también la Palabra de juicio (Ap. 19:11-21). Todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios, es engañador, y es el espíritu del anticristo (1. Jn. 4:2-3; 2. Jn. 1:7).

El Hijo del Hombre

Jesús de Nazaret que viene del linaje de David (Jn. 7:42; Ap. 22:16), es un hombre más entre los hombres. Pero al mismo tiempo es la raíz de David (Ap. 22:16), y el Camino, la Verdad y la Vida, lo que encierra el concepto de la encarnación, que constituye la esencia de la salvación (Jn. 3:13).

El Hijo del Hombre hace posible el encuentro entre Dios y el hombre (Jn. 1:51), pero también es el Juez de los hombres (Jn. 5:27), y el Rey de los hombres (Jn. 18:36).

De la visión del victorioso Hijo del Hombre en el Apocalipsis, vemos que su ropaje hasta los pies (Ap. 1:13) nos habla del vestido sacerdotal, ya que Él es nuestro sumo pontífice. El cinto que se ciñe sobre su pecho (Ap. 1:13), es símbolo de que Él reina. Su cabeza y sus cabellos blancos (Ap. 1:14), nos muestran que Él es el Anciano de Días de Daniel 7:13. Sus ojos como llama de fuego (Ap. 1:14), revelan que Él es el Omnisciente que todo lo escruta y lo sabe. Sus pies semejantes al bronce bruñido, refulgente como en un horno (Ap. 1:15), nos hablan de que Él es el Juez de todos. Su voz como estruendo de muchas aguas (Ap. 1:15), porque así es la voz del Todopoderoso (Ez. 1:24). Las siete estrellas a su diestra (Ap. 1:16) y los siete candeleros de oro (Ap. 1:12-13), exhiben que Él es el dueño de la iglesia (Ap. 1:20). La espada aguda de dos filos que sale de su boca (Ap. 1:16), nos muestra que Él es la Palabra de Dios. Su rostro resplandeciente como el sol en toda su fuerza (Ap. 1:16), nos enseña que Él es el Sol de Justicia que trae salvación (Mal. 4:2). Los siete espíritus de Dios posan sobre Él (Ap. 4:5), porque Él es el vástago de David sobre el que reposará todo lo que Dios es (Is. 11:1-2).

El Hijo de Dios / La gloria de Dios

El Hijo de Dios, es literalmente la Palabra (o el Dios que se revela) en la carne (Jn. 1:1, 1:14, 20:28). El Hijo es el verdadero Dios y la vida eterna que ha venido en carne (1. Jn. 5:20). El Hijo es el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin; el que es, y que era, y que ha de venir, el Todopoderoso manifestado en carne (Ap. 1:8, 1:11, 1:17, 21:5-7, 22:12-13).

Jesús preexistió en la forma de Dios, pero como el Hijo (el hombre ejemplar, Jn. 13:15) solo vino a existir hasta que se dio la encarnación. Así como Dios tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida humana en sí mismo, por cuanto es el Hijo del Hombre (Jn. 5:26-27).

Para revelarse, el único Dios acampó (griego skënoö) en un tabernáculo (griego skënos o skënë) de carne en medio de nosotros, y así a través del Hijo unigénito vimos su gloria (del griego doxa, correspondiente al hebreo chekiná). Por eso el Hijo salió del Padre (Jn. 8:42, 13:3, 16:27-29, 17:8), procede del Padre (Jn. 7:29) y fue enviado por el Padre (Jn. 3:17, 3:34, 4:34, 5:30, 5:37, 6:39, 6:44, 6:57, 10:36, etc.; 1. Jn. 4:14).

El Hijo de Dios ha venido para mostrar la gloria del Padre (Jn. 1:14, 1:18, 14:13), pues quien lo ve a Él, en realidad está viendo al Padre encarnado (Jn. 12:45, 14:7-9). El Padre, quien es el único Dios (Jn. 17:3) mora en el Hijo (Jn. 8:29, 14:10), y esto es equivalente a decir que el Espíritu Santo de Dios mora en el Hijo, ya que el único Dios es Espíritu (Jn. 4:23-24).

Todas las palabras, la voluntad y las obras del Hijo, son en realidad las palabras, la voluntad y las obras del Padre en la carne (Jn. 5:19, 5:30, 5:36, 7:16, 8:28, 9:4, 10:32, 10:37, 11:47, 14:10-11, 14:24). El que cree en el Hijo, en realidad cree es en el Padre (Jn. 3:36, 5:24, 8:24, 12:44, 14:1). Al honrar al Hijo se honra al Padre (Jn. 5:23). El que cree que Jesús es el Cristo y el Hijo de Dios, vence al mundo (1. Jn. 4:15, 5:1, 5:5, 5:10-12), y el que confiesa al Hijo tiene también al Padre (1. Jn. 2:23; 2. Jn. 1:9).

El Rey

El Hijo de Dios es el Rey del Reino de Dios entre los hombres (Jn. 1:49, 3:3-5, 12:13-15, 18:36-37, 19:21). Todo el que cree en el Rey Jesús, entra en su Reino. Todos los hombres que creen en el nombre de Jesús y toman como su ejemplo al Hijo de Dios, reciben la potestad de ser hechos Hijos de Dios (Jn. 1:12-13, 11:52, 12:36, 13:15, 17:26; 1. Jn. 2:1, 3:23, 5:13; Ap. 21:7), y de ser reyes y sacerdotes (Ap. 1:6, 5:10, 20:6), entrando así en el Reino del Hijo al convertirse en Hijos, ya que su nombre es escrito en el libro de la vida del Cordero (Ap. 5:9-12, 20:11-15, 21:26-27).

El Hijo vino para deshacer el poder y las obras del diablo (Jn. 10:10; 1. Jn. 3:8, 5:19; Ap. 12:10-11, 19:19-21, 21:8), y para ser el Soberano sobre los reyes de la tierra (Ap. 1:5, 17:14, 19:11-16, 21:24).

La gloria del Hijo fue preparada por Dios desde antes que el mundo fuese (Jn. 17:5; Ap. 3:14), pero dicha glorificación solo se pudo dar en la hora señalada (Jn. 2:4, 4:23-27, 5:25, 7:6, 8:20, 12:23-27, 17:1), que surgió tras su pasión, muerte y resurrección victoriosa, con la cual obtuvo un cuerpo humano glorioso para ascender a los cielos, que es lo mismo que ir al Padre (Jn. 13:1, 14:12, 14:28, 16:10, 16:17, 16:28, 20:17).

Esa misma glorificación que recibió el Hijo de Dios, ha sido prometida para todos los demás Hijos de Dios en la segunda venida de Cristo (Jn. 5:21-29, 6:39-40, 11:24, 17:2, 17:22; 1. Jn. 3:2). Nosotros debemos permanecer en Jesús, para que no suframos la vergüenza de tener que alejarnos de Él en su venida que sucederá pronto (1. Jn. 2:28; Ap. 22:12-15, 22:20).

Como Rey victorioso, el Hijo es el primogénito de los muertos, porque fue el primero en resucitar para no morir nunca más (Ap. 1:5), y tiene las llaves de la muerte y del hades (Ap. 1:18).

Dios y el Cordero son uno y el mismo, y por eso se habla de un solo trono para Dios y el Cordero (Ap. 7:17, 22:3). Incluso el Cordero es llamado Señor Dios Todopoderoso y el Rey de los santos (Ap. 15:3-4). Al hablar de Dios y el Cordero, se dice en singular que sus siervos LE servirán (Ap. 22:3) y que Él reinará por los siglos de los siglos (Ap. 11:15-17). Se habla de un nombre singular para Dios y el Cordero, y se dice que Dios y el Cordero tienen un solo rostro (Ap. 22:4), porque todo aquel que pueda ver al Cordero reinando por los siglos de los siglos, en realidad estará viendo al Padre invisible en el cuerpo glorificado de Jesús (Jn. 12:45, 14:7-9).

El encuentro de Dios con sus Hijos para reinar, se llama las bodas del Cordero (Ap. 19:4-9, 21:9).

El Salvador

Dios ha amado tanto al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, al hombre Cristo, para dar salvación y vida eterna a todo aquel que crea en Él (Jn. 3:16-17, 4:29, 4:42, 7:46, 11:50, 12:47, 18:14, 19:5; 1. Jn. 4:9-10, 4:16; Ap. 1:5).

Sin embargo, el hombre Cristo, el Hijo de Dios, es Dios mismo en la carne (Jn. 10:30-33, 20:28), y es por tanto la encarnación del amor divino hacia el hombre (Jn. 13:1, 15:13; 1. Jn. 3:16). Ese gran amor de Dios, le llevó a revelarse en la carne, y a habitar entre nosotros en la carne (Jn. 1:1, 1:14-16), convirtiéndose así en nuestro sacrificio expiatorio, en el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Jn. 1:29, 1:36; ; 1. Jn. 3:5; Ap. 1:5, 5:6-14). Pero de otro lado, el Cordero derramará su ira sobre los que rechacen su obra (Ap. 6:16-17, 17:14).

Jesús fue judío, por lo cual la salvación viene de los judíos (Jn. 4:22; Ap. 12:1-6). La Ley, que era tipo de Cristo, fue dada por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo (Jn. 1:17, 1:45, 3:14-15, 4:42, 5:45-47, 6:25-59; Ap. 19:10).

Jesús es el Buen Pastor, el único Dios del Salmo 23, que al encarnarse pudo poner su vida humana por sus ovejas (Jn. 10:11, 10:30). La sangre del Hijo nos limpia de todo pecado (1. Jn. 1:7; Ap. 1:5). Jesús es la luz del mundo (Jn. 1:9, 3:19-21, 8:12, 12:46) y el dador de vida eterna (Jn. 1:4, 3:15-16, 3:36, 5:24, 6:47, 10:10, 11:25, 14:6, 17:2, 20:31).

Jesús es Yo Soy El Que Soy

Al ser cuestionado por su edad, Jesús respondió: “De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, YO SOY” (Jn. 8:57-58), identificándose claramente con YO SOY EL QUE SOY, el Dios único y autoexistente que se le apareció a Moisés en la zarza (Ex. 3:13-15). Aún más, Él dijo: “si no creéis que YO SOY, en vuestros pecados moriréis” (Jn. 8:24). Pensando que Él había blasfemado, los judíos intentaron apedrearlo (Jn. 8:59).

Dios es luz y no hay ningunas tinieblas en Él (1. Jn. 1:5), y por eso identificándose como Dios, Jesús dijo: “YO SOY la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn. 8:12).

Yahvé fue reconocido como el Buen Pastor (Salmo 23), pero identificándose como Yahvé en la carne, Jesús dijo: “YO SOY el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas” (Jn. 10:11).

Por ser Dios encarnado, Jesús dijo: YO SOY el Cristo (Jn. 4:25-26), “YO SOY la puerta de las ovejas” (10:7-9), “YO SOY  el camino, la verdad y la vida” (Jn. 14:6), “YO SOY el pan de vida” (Jn. 6:35-51), “YO SOY la resurrección y la vida” (Jn. 11:25), y “YO SOY la vid verdadera” (Jn. 15:1-5).

Jesús da el Espíritu Santo, el Paráclito.

Jesús es quien bautiza con el Espíritu Santo (Jn. 1:33, 20:22), pues al ser el único Dios, Él puede dar de su Espíritu sin medida (Jn. 3:34, 7:37-39).

Hay un contraste entre el nacimiento físico y el nacimiento espiritual, porque lo que es nacido de la carne, carne es, pero lo que es nacido del Espíritu (nacido de Dios), espíritu es (Jn. 3:6; 1. Jn. 3:9). Para entrar en el Reino de Dios, es necesario nacer como nueva creación del Espíritu (Jn. 3:5-8).

La llenura del Espíritu en los creyentes, solo fue posible tras la glorificación de Cristo (Jn. 7:39).

El término griego Parakletos, significa Consolador, Ayudador, Maestro, Guía, Compañero, Abogado, etc. Cuando Dios estuvo entre los hombres manifestado en la carne como el Hijo, Él fue Paráclito de sus discípulos en esa condición; pero ya que como Hijo tenía que ascender a los cielos, se necesitaba de otro Paráclito que estuviera con ellos para siempre, y ese otro Paráclito es Dios mismo viviendo en sus Hijos en la condición de Espíritu (Jn. 14:15-17).

Jesús, quien es el único Dios, en su condición de Hijo estaba CON ellos, en su condición de Espíritu estaría EN ellos, y en su condición de Padre no los dejaría huérfanos (Jn. 14:17-18).

Apocalipsis es la revelación de Jesucristo, pero Él es el Espíritu que habla a las iglesias (Ap. 2:1 cf. 2:7; 2:8 cf. 2:11; 2:12 cf. 2:17; 2:18 cf. 2:29; 3:1 cf. 3:6; 3:7 cf. 3:13; 3:14 cf. 3:22).

Los creyentes reciben un solo Espíritu Santo, que luego de la glorificación de Cristo posee no solo las cualidades divinas, sino que actuando como el Cristo glorificado posee también las capacidades humanas de intercesión y mediación entre Dios y los hombres (Jn. 16:13; 1. Jn. 2:1-2). Por eso aunque Cristo dijo que el Padre y el Hijo vendrían y harían morada en los discípulos (Jn. 14:23), solo vino UN Espíritu que ahora posee las cualidades humanas y divinas, y que siempre da testimonio de Cristo y glorifica a Cristo (Jn. 15:26, 16:14). Mientras tanto, los mentirosos y anticristos niegan al Padre y al Hijo (1. Jn. 2:22).

Nosotros sabemos que Dios permanece en nosotros, por el Espíritu que nos ha dado (1. Jn. 3:24), y por eso Mayor es el que está en nosotros que el que está en el mundo (1. Jn. 4:4).